Desde el primer episodio, Miércoles se presenta como una joven que no encaja ni pretende hacerlo. Su forma de mirar la realidad es directa, irónica y, muchas veces, incómoda para quienes la rodean. Esa incomodidad es precisamente lo que más me ha resonado. Durante mi niñez y adolescencia, muchas veces me sentí fuera de lugar por no responder a lo esperado: por ser más observadora que habladora, por cuestionar normas que otros aceptaban sin pensar, por encontrar refugio en lo oscuro, en los libros, en la ironía y en el silencio.
La serie sitúa a Miércoles en la Academia Nunca Más, un espacio donde, paradójicamente, ni siquiera entre “raros” resulta fácil encajar. Y ahí está uno de los grandes aciertos de la temporada: mostrarnos que sentirse diferente no desaparece por compartir etiquetas, que la identidad sigue siendo un terreno solitario. Miércoles no busca pertenecer, busca entender. Y, sobre todo, mantenerse fiel a sí misma.
A lo largo de la temporada, el misterio que estructura la trama funciona como un hilo conductor eficaz, pero lo que realmente sostiene la historia es el crecimiento emocional del personaje. Miércoles es inteligente, brillante y autosuficiente, pero también profundamente cerrada. Ver cómo se enfrenta —a su manera— a la amistad, a la confianza y a ciertas grietas emocionales resulta honesto y nada edulcorado. No hay grandes discursos ni transformaciones milagrosas, y eso se agradece.
Uno de los aspectos que más valoro es que la serie no intenta suavizarla para hacerla más “agradable”. Miércoles no aprende a ser simpática ni a pedir perdón por su carácter. Aprende, eso sí, que incluso desde la distancia se puede crear vínculo, y que mostrarse vulnerable no significa traicionarse. Ese mensaje, visto desde la adultez, tiene un peso especial.
Visualmente, la serie acompaña muy bien este tono introspectivo: la estética gótica, los espacios cerrados, los colores fríos y la música refuerzan esa sensación de aislamiento elegido. Todo parece diseñado para habitar la mente de Miércoles, no para distraernos de ella.
Como espectadora, reencontrarme con un personaje así ha sido reconfortante. No porque idealice su forma de ser, sino porque valida muchas emociones que durante años parecían fuera de lugar: la incomodidad social, el humor negro como defensa, la necesidad de ir a contracorriente. Miércoles no ofrece respuestas universales, pero sí algo muy valioso: representación sin concesiones.
La primera temporada se cierra dejando claro que esta historia no va solo a resolver un misterio, sino a aprender a convivir con quien eres, incluso cuando eso implica caminar sola. Y para quienes crecimos sintiéndonos un poco Miércoles, verla hoy es, en cierto modo, un pequeño acto de reconciliación con nuestra propia oscuridad.
¿Os habéis sentido identificados con Miércoles? ¿Habéis visto la serie?





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